Amanda recogió las pocas cosas que tenía en su despacho, se despidió de sus compañeros, y se marchó. Sentía varias emociones superpuestas. Alegría, por haber descubierto lo que le encomendaron. Desazón, por no haber podido conocer a Kevin. E impotencia, por el “¡qué asco de mundo!”, por ser consciente de cómo se mueven los asuntos en las altas esferas, y no poder hacer nada por evitarlo. También le quedaba la esperanza de que Kevin los tuviera controlados, y él sí fuera capaz de arruinar sus planes en el momento oportuno.
Mientras se acercaba a su verdadera oficina, la agencia de detectives dirigida por Félix, notaba un hormigueo en el estómago. Era el vértigo de saber que tenía que tomar una decisión inaplazable. Su vida había cambiado, y ella la había detenido mientras se dedicaba a investigar el caso de Ansúrez. Ahora debía enfrentarse a su futuro.
Su jefe la esperaba sonriente. Para él, todo se había resuelto de forma satisfactoria, tenía un cliente satisfecho, y había cobrado el doble de lo pactado. De sobra sabía que determinados aspectos de nuestra sociedad son políticamente incorrectos, algo especialmente irónico en esta ocasión.
— Antes de nada, permite que te felicite. Menudo embrollo te ha tocado.
— Muchas gracias. En realidad, el mérito no es mío. Sin la ayuda de Kevin, no habría descubierto nada.
— El misterioso Kevin. Curioso personaje. Me hubiera gustado conocerlo.
— Y a mí, no lo dudes.
— Podría sernos útil en más de una ocasión.
— Tú siempre tan interesado.
— En fin, me temo que eso no depende de nosotros. ¿Qué tal estás?
— Pues… he estado mejor.
— ¿Qué te gustaría hacer ahora.
— No lo sé. Preferiría irme de Zaragoza. Son muchos recuerdos desagradables, y lo único que me ata aquí es este trabajo. Pero echo de menos mi ciudad. Sabes que vine aquí por el empleo de mi marido. De mi ‘ex’. Tengo que acostumbrarme a llamarlo así.
Félix sonrió. Sabía que Amanda no rechazaría lo que le iba a ofrecer.
— Verás, tengo una amiga en Valladolid. Es enfermera, y me ha preguntado si podría ayudar a una compañera suya de trabajo. Al parecer, en su casa ocurren cosas bastante extrañas, y le gustaría que lo investigáramos. Podría ser una magnífica ocasión para expandirnos y abrir allí una oficina. ¿Te gustaría?
— ¡Me encantaría! ¿Has dicho cosas extrañas? ¿Cómo de extrañas?
— No tengo muchos más datos. La chica se llama Esther, y la casa está en Cigales, muy cerca de Valladolid. Dice que es como si viviera con un fantasma. Pero ella no cree en esas cosas, en eso parece sensata.
— Pues cuenta con ello. Pondremos una oficina en Valladolid, y descubriremos quién está asustando a esa chica. Estoy deseando volver a ver a mis antiguas amigas. Respecto a Ansúrez… me queda un sabor agridulce. No es justo que se vaya de rositas.
— Ya has cumplido con lo que te encargaron. Cualquier otra cosa que hagas iría contra nuestro cliente; un cliente satisfecho, con mucho dinero, y con altísimas probabilidades de volver a necesitar nuestros servicios. Además… te recuerdo que no tienes pruebas de nada.
— Pero eso no me quita el mal sabor de boca. En fin, tendré que olvidarlo.
— No tienes otra alternativa.
— Eso me temo.
Amanda volvió a su hotel animada. Puso la televisión mientras hacía su maleta. Volvía a casa. Volvería a ver a su madre, y a Raquel, y a Carolina. Volvería a sus bares de siempre. Y volvería a quejarse del tráfico, y de tantas cosas que ahora, de repente, no le parecían tan molestas.
Una noticia atrajo su atención. El coche de Ansúrez había tenido un percance y lo habían grabado las cámaras. No era nada grave, pero el chófer había salido furioso y se había encarado a los periodistas. Al momento reconoció su voz ronca. Aún recordaba su aliento en su cuello, y las amenazas con que intentó asustarla. Grabó en su recuerdo aquella cara, por si volvía a cruzarse con él.
Recibió un mensaje en su teléfono móvil. “¿Así que te habría gustado conocerme? No sé de qué te quejas, sabes de mí más que nadie. Tal vez en el futuro… Pero no pierdas tu tiempo buscándome. Yo te encontraré cuando sea necesario. Hasta la vista. Kevin.“
Llamó al número de donde procedía el mensaje, y una voz mecánica contestó, “El número marcado no existe.” Amanda sonrió. Entonces se le ocurrió.
Félix se había equivocado, porque sí tenía otra alternativa.
No era justo que nadie supiera lo que había descubierto. La sociedad debía conocer cómo eran sus dirigentes. Tenía la historia prácticamente escrita, sólo había que añadir el final. Cambiaría los datos más relevantes, nombres propios y lugares, y contaría los hechos. Y luego… tenía un amigo que podía ayudarle a publicarla. Aunque lo disfrazara de ficción, todos sabrían que era cierto; había tantos casos similares… Muchos. Demasiados.
FIN
